7 de febrero de 2007

The agenbite of outwit

por Marshall McLuhan

[Nota: Este artículo toma su nombre de la vieja frase inglesa “agenbite of inwit” , que significa “remordimiento de conciencia”. A McLuhan le atrajo su mordacidad y los diferentes niveles de implicación que el juego de palabras ofrecía. Agenbite es una extraña palabra, sugiere fiebre y dolor, también sufrimiento y punzadas. Inwit, un término relacionado con conciencia, sugiere los sentidos y la sensibilidad interior, lo que coincide perfectamente con el estado actual de los sentidos bajo el régimen de las tecnologías eléctricas. Aquí McLuhan ha invertido el título, lanzándolo en la dirección del sentido externo o énfasis visual. La tensión así producida resuena muy bien con implicaciones directas e indirectas.]

Con el telégrafo, el hombre occidental comenzó un proceso que colocaba sus nervios por fuera de su cuerpo. Las anteriores tecnologías han sido extensiones de órganos físicos: la rueda es una externalización de los pies; la muralla, de la ciudad, una proyección colectiva de la piel. Los medios electrónicos, en cambio, son extensiones del sistema nervioso central, un campo inclusivo y simultáneo. A partir del telégrafo extendimos los cerebros y los nervios del hombre alrededor del planeta. Como resultado, la era electrónica ha padecido un desasosiego total, como alguien que llevara el cráneo adentro y el cerebro por fuera. Nos hemos vuelto especialmente vulnerables. El año en que se estableció el telégrafo comercial en América (1844), fue también el año en el cual Kierkegaard publicó El Concepto de la Angustia.

Una propiedad especial de todas las extensiones sociales del cuerpo es que regresan para acosar a sus inventores con un cierto remordimiento exteriorizado de conciencia. Así como Narciso se enamoró de una proyección de sí mismo, el hombre invariablemente parece enamorarse del último artefacto, el cual no es otra cosa que una extensión de su cuerpo. Al manejar un carro o ver televisión tendemos a olvidar que todo aquello no es más que una parte de nosotros puesta ahí afuera. En consecuencia, nos convertimos en servo-mecanismos de nuestros aparatos o invenciones respondiéndoles de la manera mecánica inmediata que esperan de nosotros. El asunto del mito de Narciso no consiste entonces en que la gente esté inclinada a enamorarse de sus propias imágenes, sino que se enamora de sus propias extensiones creyendo que no lo son. Esto ofrece, creo, una imagen bastante adecuada de todas nuestras tecnologías, llevándonos hacia el problema central: la idolatría de la tecnología que nos envuelve, sumiéndonos en una especie de entumecimiento síquico.

Para futuros observadores, toda generación situada al borde de un cambio masivo parece haber ignorado las opciones y la inminencia del evento. Pero es necesario entender el poder que tienen las tecnologías para aislar los sentidos hipnotizando de este modo a la sociedad. La fórmula de la hipnósis consiste en: “un sentido a la vez”. Nuestros sentidos privados no son sistemas cerrados sino que se traducen interminablemente unos en otros al interior de la experiencia sinestésica que llamamos conciencia. Nuestros sentidos extendidos, herramientas, o tecnologías, han sido sistemas cerrados incapaces de relacionarse entre sí. Cada nueva tecnología disminuye la interacción de los sentidos y concientiza el área regida precisamente por esa tecnología, llevándose a cabo una cierta identificación entre el objeto y su observador. Esta adaptación del observador a la nueva forma o estructura hace que se sumerja aun más profundamente en una revolución, sin que logre darse cuenta concientemente de su dinámica. En esos momentos, puede llegar a sentirse que el futuro será una versión bastante mejorada del pasado inmediato.

Sin embargo, la nueva tecnología electrónica no es un sistema cerrado. En cuanto extensión del sistema nervioso central se relaciona precisamente con conciencia, inter-relación y diálogo. En la era electrónica, la naturaleza instantánea de la coexistencia entre nuestros instrumentos tecnológicos ha creado una crisis realmente novedosa en la historia de la humanidad. Nuestras facultades y sentidos extendidos ahora constituyen un campo único de experiencia el cual pide hacerse conciente colectivamente, tal y como el sistema nervioso central en sí mismo. La fragmentación y la especialización, propias de lo mecánico, están ausentes.

En la medida en que permanecemos inconcientes de la naturaleza de las nuevas formas electrónicas, somos manipulados por ellas. Permítanme ofrecerles, como un ejemplo de la manera en la que una nueva tecnología puede transformar instituciones y modos de proceder, una parte del testimonio de Albert Speer, ministro de armamento alemán en 1942, en el proceso de Nuremberg:

Dr. Strangelove, la película de Kubrick
El teléfono, el teleprinter y los inalámbricos hicieron posible que las órdenes de los altos mandos fueran dadas directamente a los niveles más bajos, en donde -teniendo en cuenta la absoluta autoridad detrás de ellas- fueran ejecutadas sin discusión; o también, implicando que numerosas oficinas y centros de comando estuvieran conectados directamente con el líder supremo del cual recibían sus órdenes siniestras sin ningún intermediario; o resultando en la vigilancia cada vez más extendida de los ciudadanos; o en el alto grado de secreto que circunda los eventos criminales. Para el observador externo éste aparato gubernamental podría compararse a la confusión caótica aparente del intercambio telefónico, ya que para dicho observador podría ser controlado y operado desde una fuente central. Los dictadores de antes necesitaban colaboradores muy calificados, incluso en los niveles más bajos de liderazgo, hombres que pudieran pensar y actuar independientemente. En la era de la técnica moderna, un sistema autoritario puede logarlo sin esto. Los medios de comunicación, por sí sólos, pueden mecanizar la labor de los líderes subordinados. Como consecuencia, un nuevo tipo se desarrolla: el receptor de órdenes acrítico.

La televisión y la radio representan vastas extensiones de nosotros mismos permitiéndonos participar de la vida de unos y de otros; tanto como lo hace el lenguaje. Pero los modos de participación están construidos de antemano en la tecnología; estos nuevos lenguajes poseen sus propias gramáticas.

Los modos de pensar implantados por la cultura electrónica son muy diferentes de aquellos que favorece la cultura impresa. Desde el Renacimiento, la mayoría de los métodos y procedimientos han tendido fuertemente a acentuar la organización visual y la aplicación del conocimiento. Las suposiciones latentes en la segmentación tipográfica se manifiestan por sí mismas en la fragmentación de los oficios y la especialización de los quehaceres sociales. La literacidad, la alfabetización, intensifica la linealidad, cuyo modo de proceder es: una-cosa-a-la-vez. De ahí derivan la línea de ensamblaje y el órden de la batalla, la jerarquía directiva y la departamentalización de la “corrección” escolar. Gutenberg nos dió análisis y explosión. Al fragmentar el campo de la percepción y de la información en estáticos bits, logramos maravillas.

Pero los medios electrónicos proceden de modo diferente. La televisión, la radio y el periódico (en cuanto está conectado al telégrafo), tienen que ver con el espacio auditivo, es decir con aquella esfera de relaciones simultáneas creadas por el acto de escuchar. Nosotros escuchamos en todas direcciones al mismo tiempo; esto crea un espacio único, no visualizable. El todo-a-la-vez del espacio auditivo es exactamente lo opuesto a la linealidad, a tomar una cosa a la vez. No es fácil caer en cuenta que el mosaico de una página de periódico es “auditiva” en su estructura básica. Esto, tan sólo para decir que cualquier patrón cuyos componentes coexisten sin un amarre directo, o conección lineal, creando un campo de relaciones simultáneas, es auditivo; incluso a pesar de que algunos de sus aspectos puedan ser visualizados. En un periódico, los temas y la publicidad que aparecen bajo la fecha de su publicación están interrelacionados tan sólo por esa fecha. No vemos una interconección lógica declarada. Sin embargo, forman un espacio de imagen corporativa cuyas partes se interpenetran. Tal es también el tipo de orden que tiende a existir en una ciudad o en una cultura. Una especie de unidad orquestal resonante, no la u.n.i.d.a.d del discurso lógico.

The Medium is the Massage, pags. 66-67

El poder de tribalización de los nuevos medios electrónicos, la manera como nos reintegran a los campos unificados de las viejas culturas tribales, a la cohesión tribal y los patrones pre-individualistas del pensamiento, está escasamente comprendido. El tribalismo es el sentido del profundo vínculo familiar, la sociedad cerrada como norma de la comunidad. La literacidad, la tecnología visual, disolvieron la magia tribal por medio de su énfasis en la fragmentación y la especialización, y crearon al individuo. Los medios electrónicos, en cambio, son formas grupales. En un período post-alfabético los medios electrónicos retraen el mundo hacia una tribu o aldea en la cual las cosas le suceden a todos al mismo tiempo: todos saben al respecto, y por consiguiente, participan en todo lo que está sucediendo en el momento mismo en que sucede. Y porque gracias al poder de entumecimiento que tiene la misma tecnología no comprendemos estas cosas, estamos desprotegidos mientras se lleva a cabo a través de la imagen televisiva una revolución en nuestro (norteamericano) sentido de la vida. Este es un cambio comparable al que experimentaron los europeos en los años veintes y treintas, cuando la nueva imagen de la radio reconstituía en medio de la noche el carácter tribal, ausente durante tanto tiempo de la vida europea. Nuestro enfático mundo visual es inmune a la imagen radial, pero no al dedo escudriñador del mosaico televisivo.

No es fácil imaginar un estado de confusión más grande que el nuestro. La alfabetización nos dió un ojo por un oído logrando destribalizar aquella porción de la humanidad conocida como mundo Occidental. Ahora estamos comprometidos en un programa acelerado de destribalización de aquellas regiones recónditas del mundo introduciendo nuestra vieja tecnología de imprenta, al tiempo que estamos comprometidos en retribalizarnos a nosotros mismos por medio de la tecnología eléctrica. Es como si estuviéramos haciéndonos concientes del inconciente, promoviendo concientemente valores inconcientes de acuerdo a una conciencia por siempre esclarecida.

Cuando nuestro sistema nervioso central está fuera de nosotros, retornamos al estado nomádico primario. Nos hemos vuelto como el hombre neolítico más elemental; una vez más, cazadores globales, sólo que cazadores de información más que cazadores de alimento. De ahora en adelante, en lugar de alimento, riqueza y la vida misma, habrá información. La transformación de esta información en productos es hoy un problema para los expertos en automatización, y no tanto para la división extrema del trabajo humano y sus habilidades. La automatización, como todos sabemos, prescinde del personal. Esto aterroriza al hombre mecanizado porque no sabe qué hacer en la transición, pero eso significa simplemente que el trabajo se acabó, terminó, estuvo hecho. El concepto de trabajo está estrechamente asociado con el de especialización, de funciones especiales y no participación; antes de la especialización no había trabajo. En el futuro el hombre no trabajará, la automatización trabajará para él, pero deberá estar en cambio completamente involucrado, como un pintor, un pensador o un poeta lo están. El hombre trabaja cuando está parcialmente involucrado. Cuando está involucrado totalmente, juega o está ocioso.

El hombre en la edad electrónica no tiene otro ambiente posible excepto el globo, sin otra ocupación más que la búsqueda de información. El medio que sea, por el simple hecho de mover información y compararla con más información crea amplia riqueza. La más rica corporación del mundo -Atlantic Telephone and Telegraph [ATT]- tiene una sóla función: mover información. Sólo por hablar con otro, creamos riqueza. A todo niño que esté mirando un programa de televisión debería pagársele por que él o ella estan creando bienestar para la comunidad. Pero esta riqueza no es dinero. El dinero es obsoleto porque almacena trabajo ( y el trabajo, y las ocupaciones, son en ellas mismas obsoletas, como puede verse diariamente). En una sociedad sin trabajo, no especializada, el dinero es inútil. Todo lo que necesitamos es una tarjeta de crédito, es decir, información.

Cuando las nuevas tecnologías se imponen sobre sociedades largamente habituadas a tecnologías más viejas, ansiedades de todo tipo se producen. Nuestro mundo electrónico solicita un campo unificado de conciencia global; el tipo de conciencia privada apropiada para el hombre letrado puede ser vista como una chifladura insostenible frente a la conciencia colectiva exigida por el movimiento de información electrónica. En este impasse, la suspensión de todos los reflejos automáticos puede ser muy adecuada. Yo creo que los artistas, en todos los medios, responden antes que otros a los desafíos de los nuevos imperativos. También quisiera sugerir que ellos nos muestran maneras de vivir con la nueva tecnología sin tener que destruir formas y logros anteriores. Los nuevos medios tampoco son juguetes; ellos no deben dejarse en manos de ejecutivos Mother Goose y Peter Pan. Ellos deben ser confiados sólamente a los nuevos artistas.

(traducción : mauricio cruz, 1999)
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Texto original: http://www.chass.utoronto.ca/mcluhan-studies/v1_iss2/1_2art6.htm