21 de junio de 2008

Artes de la brocha gorda

Comentarios a GRIS GO HOME. Una serie de fotografías tomadas desde el 2003 por Fernando Cruz Florez en terrenos de la Universidad Nacional de Bogotá en las que documenta el proceso de censura 'pictórica' con el fin de tapar un escrito ilícito.
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Llegó como a eso de las 3 de la tarde con un tarro de pintura destapado aparentemente sin nada por dentro. Alzándolo con la mano izquierda, se asomó a su interior para oir el sonido amplificado del palo con que hurgaba su barriga de lata.

Al levantar la cabeza, se encontró en el cristal de la ventana de enfrente : ninguna mirada distinta a la suya ocupaba el reflejo que lo retrataba. Y el muro allí, luminoso, alzándose desde un paisaje en miniatura perfectamente a la altura del pie.

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También hay situaciones que sólo se dejan sondear a la manera judicial, interrogatoria : que quiénes eran los que estaban, y qué hicieron con todas esas personas y cosas. Que si en el preciso momento de tener que proceder se encontraban adentro o afuera... Taquigrafía agitada, documentos; recapitulación de detalles aislados que tarde o temprano terminan ajustando las reglas del juego.

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Las mujeres, en grupo, dijeron que ya volvían, que tenían que ocuparse de cosas urgentes. En el patio las banderas de ropa se agitan al viento como fantasmas coloridos sobre una alfombra de césped. Doce pantalones con veinticuatro bolsillos volteados, noventa y dos botones de camisa asimétricamente dispuestos sobre otros tantos hojales marcados, treinta y un pares impares de medias, tres delantales rosados, cinco toallas muy pálidas y catorce calzones pellizcados (como Verónicas) desde los extremos por los ganchos.

Todos se habían ido. Sobre cada prenda un nombre, una palabra, un rostro borrado. Es decir, tres o cuatro familias alineadas o quince personas volando religiosamente por encima de tejados ondulados de lata contemplando fragmentos distantes : totumas flotando en albercas como barcos bañándose en charcos de sol, agrietados jabones azules, y el cepillo de nailon con sus pelos torcidos presidiendo una hilera inclinada de tenis deslenguados y abiertos, sin cordón.

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Es cosa sabida que las construcciones de mampostería elemental yacen escondidas bajo los acabados de las arquitecturas principales. Con su juego de uno más uno, el ladrillo desnudo logra cronometrar en trabajo el tiempo que pasa. En una situación normal y corriente, después de algunos meses de verificar sin desmayo las relaciones de complicidad entre mezcla, nivel y plomada, ocho o más agujeros perforan con ángulos de sombra la totalidad de la fachada.

Una vez concluida, una serie de habitaciones o sitios cuadrados se ofrecen en equivalencia de interioridad o recinto privado. Compensación espacial poblada de muebles y ayudas ergonómicas a posibilidades de acciones diversas donde interactúan entre treguas de tinto caliente, señoritas, corbatas y cables.

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El ejercicio de manos que en cambio ahora vemos, nos pone en memoria un conjunto de trazos verticales y oblícuos, un entramado humanoide y doliente en retroceso de quien lo mira de paso.

Hay uno, muy alto, que con gran ingeniería se inclina o agacha sobre un círculo de estatuas que giran alrededor de una figura indiscernible de palo. A su izquierda, dos mujeres mayores parecen cubrir sus cabezas con mantos mientras otro se encarga de cuidar o velar por tres niños incrédulos. Hay también dos de rodillas, rezando, y uno a la derecha que va persiguiendo a una jóven en pena argumentando a su oído razones que en nada le van, mientras ella se aplica con gesto relámpago una crema de labios muy roja.

La situación es simultáneamente corriente y secreta; incluso hay algunos que fuman y esperan, cruzando la pierna, mientras auscultan de vez en cuando el reloj.

No es sino recordar los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en la montaña del Príncipe Pío, en Madrid.


(continuará)