23 de julio de 2009

Warhol en familia

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Del libro de Sarah Walden Whistler and his Mother
( traducción del inglés : mauricio cruz )


Arrangement in Grey and Black, No 1 : Portrait of the Artist's Mother, 1871.
James McNeill Whistler. Restored by Sara Walden.


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CONCLUSIÓN

Una tenue aunque fuerte presencia: un vapor, una nube, un clima …
Definición de Irving Howe de la cultura nacional en The American Newness
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Una parte de Whistler –su total seriedad e intensidad de propósito- perteneció a su época. La otra se remonta al desentendimiento relajado del siglo dieciocho, al dandismo y al refinamiento estilístico, y de ahí al esteticismo fin de siglo y a la autoconciencia y exhibicionismo del siglo veinte. La ‘Madre’ en el mismísimo centro, estableciendo un inusual y fino equilibrio entre nobleza de contenido durable y frágil evanescencia formal.

Era natural que un tal artista inspirara apreciaciones opuestas. En diferentes etapas de su vida Walter Sickert adoptó ambos lados del argumento. Reflexionando sobre el arte de Whistler nueve años después de su muerte, el otrora entusiasta y acólito llegó a algunas devastadoras conclusiones. Tan sólo una ‘sombra de una sombra’ fue lo que de Whistler quedó. Peor, excepto por ‘una cierta y vívida apreciación’ del Japón y Velázquez, no habría ahí mucho más que resaltar. La totalidad de la obra de Whistler habría sido ‘un planeta sin raices y sin frutos’.

Desarraigado, ciertamente; sin frutos, no. Algunas veces –como en los ‘nocturnos’- Whistler parecía prescindir de raices como una planta exótica, nutriéndose estilísticamente del aire circundante, mientras que en la ‘Madre’, impulsado meramente por la seriedad de su tema, fue más allá de sí mismo capturando la esencia de su propio país como sólo un cosmopolita desarraigado pudo hacerlo.

Antes de trabajar en la ‘Madre,’ yo había restaurado ‘La Familia Bellelli’ de Degas uno o dos años antes, para la inauguración del Museo d’Orsay en Paris. A pesar de que cada uno genera una profunda impresión psicológica, el retrato de Degas es en muchos sentidos la antítesis completa de el de Whistler. La Familia Bellelli (parientes con los que estuvo Degas en Italia) es un nexo de tensiones emocionales entre hombre y esposa, padres e hijas en delantales. Figuras y formas se sobreponen en una habitación cerrada donde la jerarquía familiar, evidentemente, resulta opresiva, y la densidad del cuadro adopta una intensidad casi explosiva.

El contraste entre la impactante claustrofobia de Degas y la etérea espaciosidad de la ‘Madre’ es fuerte. Pero tampoco es un ejemplo atípico. En la pintura de retratos norteamericana, las figuras parecen por lo general abstraidas. La sensación es la de gente que ha sido arrancada de un habitat más natural para ser puesta en un vacío, algunas veces con el aspecto de haber sido 'blanqueada', desubicada por su soledad, abstraida en el sentido de haber sido desplazada de su ambiente más por su contorno que por su plena humanidad.

Más que cualquier otra pintura de su tiempo, la ‘Madre’ contiene las semillas de una aproximación específicamente norteamericana, de lo que en arte pueda ser norteamericano. En los términos más simples del contenido pictórico hay una continuidad evidente entre el retrato y pintores posteriores indudablemente norteamericanos como Grant Wood, Andrew Wyeth, Edward Hopper, y aún Andy Warhol. La seca y austera pareja del ‘Gótico Americano’ de Wood frente a su iglesia, la ‘Cristina’ de Wyeth en el campo, el hombre de Hopper en un bar nocturno, los múltiples de Marilyn Monroe de Warhol, o Anna Whistler varada contra la pared del estudio de su hijo –todos son ‘tenues pero fuertes presencias,’ abandonadas en el espacio. Cuando volvemos a ver a la ‘Madre’ la sensación de aislamiento que estas imágenes produce parece crecer cronológicamente de manera más intensa, más trágica.



A pesar de su soledad, Anna Whistler posee toda la resolución de su fe. La pareja de Grant Wood posee idéntico consuelo; también ellos tienen trabajo que hacer. Las deprimidas lechuzas nocturnas de Hopper carecen de credo, compañía y propósito. Sofocada en un vacío emocional detrás del rictus de una fama reproducida al infinito, Marilyn se suicida.
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Para el ojo norteamericano perspicaz, el vínculo del cuadro con los tiempos actuales es claro. Hacia el final de Underworld, Don DeLillo captura el retrato de modo brillante: ‘...una figura sacada de su tiempo hacia las composiciones abstractas del siglo veinte, mucho antes de estar lista... capturada en medio de un trance de memoria, una fuerte y elegíaca presencia a pesar de las prioridades doctrinales del pintor, del hijo.’ Hay otros modos en los que Whistler aparece cada vez más como un precursor del modernismo. Su descuido técnico ha sido ya suficientemente enfatizado; no deja de ser evocativo pensar que trabajos de algunos de los grandes nombres del arte norteamericano deben ya pronto comenzar a acumularse al lado de Whistlers irrestaurables en los sótanos de sus museos.

En todo caso, ahí está el hombre de negocios en Whistler. ‘Qué tanto,’ exclamaba Walter Sickert, ‘estas pinturas necesitan la defensa de la brillante y simpática personalidad que las produjo.’ Lo que fue una característica observación penetrante. A pesar de su agonizante y solitaria búsqueda de la perfección en su estudio, Whistler puede también ser visto ahora como el prototipo de una nueva especie de pintor: el artista como personalidad y performer, más que como artesano y creador, cuyo trabajo no siempre sobrevive a quien lo hace. Estilísticamente, el objetivo era confundir y distraer. Lo que importaba era la ‘idea’ de arte, la manera como se habla de eso, la forma de vestir, la manera de representar su papel. Una vez ajustada la pose, los aforismos sobre arte que lo hacen impenetrable, el traje adecuado, la publicidad bien dispuesta, la imagen proyectada, las obras maestras debería materializarse por sí solas.

El artista como showman ha tenido una larga trayectoria. Como estamos viendo con el fenómeno de los Jóvenes Artistas Británicos, Andy Warhol no es el punto final de esta serie. A primera vista, pocos artistas parecerían tener tan poco en común como Warhol y Whistler. Pero si retrocedemos en el tiempo, la comparación entre ellos se hace reveladora. Partiendo de posiciones completamente diferentes –Whistler desde el arte ‘elevado’ y Warhol desde el arte comercial- convergen en puntos importantes. Cada uno apuntó a una creatividad ‘instantánea’ con mínimas referencias al pasado, Whistler buscando un atajo a la producción de grandes obras ‘in one wet’ (de un solo intento), Warhol encontrándolas en los estantes de los almacenes o en la calle. Cada uno produjo trabajo perecedero –Whistler muchas veces sin quererlo, Warhol deliberadamente ('Mis cuadros no van a durar. He utilizado pintura barata’). Y ambos a su manera fueron dandies del arte: apariencia, presentación y persona importaron casi tanto como la pintura.

Fue Whistler, después de todo, quien primero convirtió las exposiciones de su obra en eventos en sí –en ‘happenings’, realmente. Excepto por la ‘Madre’ y otras pocas piezas mágicas, su inscripción a la inmortalidad casi podría decirse que reside en su agudeza tanto como en su obra. Junto con Warhol, la agudeza (o la elaborada y tediosa ironía, dependiendo del gusto) está contenida en la obra. La pintura misma convertida en un chiste más o menos sofisticado. Ni en los trabajos de Warhol ni en sus fatuas verbalizaciones aspira el artista a trascendencia alguna. Con débiles alas, camuflada sin mucho arte entre los colores de su entorno, la mariposa se mantenía cerca al piso.

Visto en perspectiva, las elevadas oscuridades de la ‘Ten O’Clock Lecture’ de Whistler se convierten en el eco lejano de una charla artística solemnemente opaca sobre pintura abstracta. Hay en eso una lógica. Una vez el ‘contenido’ se ha hecho tabú, la técnica desdeñada, y el arte en sí, supremo, cualquier cosa era aceptable. Lo que no está sino a un paso de nociones pictóricas demasiado enrarecidas como para concretarse, del arte tomándose las calles y todo el mundo haciéndose famoso durante quince minutos. Hoy, ciertamente, el arte está en todo. En cierto modo el destino que tuvo la ‘Madre’ en los Estados Unidos ilustra muy bien esta transición. La obra que Whistler y los estetas continentales europeos percibían como una expresión ultrarefinada de harmonias celestes tocó una simple cuerda doméstica entre el público estadounidense, convirtiéndose en la imagen más banalizada en toda la historia del arte norteamericano.

Una visión como esta puede, como no, ser injusta y poco histórica. Él simplemente entró en la escena venido de ninguna parte a lo que puede verse ahora como un punto decisivo en los destinos de la pintura. Está en la naturaleza de su posición en esta historia que los juicios definitivos deban ser difíciles. Si reencarnara hoy, tal vez lamentaría la desaparición de la pintura tonal –¿o se precipitaría sobre lo último que estuviera sucediendo en Londres o Nueva York?
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Más allá de todas las teorías, análisis, y especulaciones, está el retrato mismo y su impacto sobre el ojo. Los ambientes más crudos y severos en los que una pintura puede ser juzgada son los que encuentra cuando va a ser restaurada. El estudio de restauración es un lugar áltamente democrático en el que cuadros de toda clase de cualidades y condiciones se mezclan. Desnudados de sus marcos, despojados de sus jerarquias en las galerías, reducidos a un frágil ensamblaje de pintura y tela, madera y tachuelas, las pinturas se sostienen o caen por su valor intrínseco.

En un momento dado durante la restauración de la ‘Madre’ esta estuvo cerca al gran retrato de Napoleón pintado por Ingres –una figura masiva, totalmente frontal en escarlata y oro. La pequeña y escuálida viuda de Willmington, de Carolina del Norte, se sostenía notablemente bien en semejante compañía. De alguna manera conservaba su propia y dominante presencia. Si el cetro y el orbe del emperador hubieran sido milagrosamente transferidos a sus manos, no se hubieran visto fuera de lugar. Si las repúblicas tuvieran reinas, se parecerían a la Madre de Whistler.
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14 de julio de 2009

Virgin and Manneken-Pis

Alfred Jarry
(traducción del inglés: mauricio cruz)

“Vaya, vaya,” dijo nuestro ex-confesor y tutor, Padre Praut, encontrado inesperadamente en un bar o un lugar de reputación todavía más dudosa. “Vaya, vaya, mi querido pupilo, usted se ha desviado un tanto de la tribuna de la penitencia, pero habré de tener el consuelo de reconducir al rebaño la oveja extraviada. Vaya, vaya, eso es grandioso. Pero, aparte de eso, qué es lo que lo trae a este antro de vicio descarriado?”

“Pero, qué me dice de usted, querido Padre?”

“Ejerzo mi santo ministerio. Recluto novicias, jóvenes vírgenes todavía ataviadas con el traje de la inocencia, para mi gran obra, el Apaciguamiento de la Tentación. Ah, si nuestro Padre celestial garantiza su vida, esa sería la única congregación autorizada para los tiempos venideros. Y tú, hijo mío, estarás sin duda estudiando el comportamiento humano?”

“Yo ... Yo estaba buscando ducumentos sobre las peregrinaciones a Lourdes para el Canard Sauvage[1]. Podría, Padre, darme alguna información al respecto?”

“Ah, Ah,” dijo el cura, “En confesión ya te he entrevistado suficiente, y no repugna al Señor que nuestros roles se inviertan y lo primero sea lo último. Sí, hijo mío, hay algunas personas piadosas que lavan sus pies y otras partes en las aguas de Lourdes obteniendo a cambio una cura para las enfermedades más repulsivas. Es más, hay quienes beben de esa agua. Y así como la gacela en el desierto busca un oasis, estas buenas criaturas asedian las carrileras que han de transportarlos a la fuente milagrosa. Trenes especiales con tarifas reducidas llevan a aquellos que, además de ser piadosos, han sido bendecidos con medios modestos. A falta de agua de Lourdes, los más pobres lo intentan con agua de San Galmier y las de otros mil santos. Ya que el agua de Lourdes no puede ser transportada. Es conveniente que los propietarios de los albergues encuentren su modo de subsistencia así como los ferrocarriles. No dijo acaso nuestro Padre Celestial que si la montaña no viene a uno es uno quien debe ir a la montaña –o gruta?

“Querido muchacho, si quieres contribuir con algo de dinero a una buena obra, he inventado un edificante negocio para beneficio de los fieles, ‘Agua de Lourdes para el hogar’ esterilizada por una pequeña suma adicional en filtros Chamberland del sistema Pasteur y aromatizada para clientes delicados con su sabor favorito. Con un pequeño depósito puede obtenerse en la oficina de ventas una ducha de chorro, una bañera, y ... y ... y ... varios mecanismos hidráulicos muy íntimos que garantizan a las damas devotas el nacimiento de hijos varones, o si lo desean, su no nacimiento, acompañado de la salvación de esas inocentes almitas gracias, por así decirlo, a un anticipado bautismo antes de que lleguen a ver la luz del día.”

“ Ha bebido usted de esa agua Padre?”

“Vaya, vaya, ese es un chiste excelente y muy dentro de los límites de la decencia. Usted sabe perfectamente, mi querido discípulo, que según las Sagradas Escrituras los bebedores de agua representan a quienes viven en la falsedad de la ley antigua, es decir, infieles y herejes contemporáneos. Desafortunadamente sólo quedan Judios y Mahometanos que beban el agua de Lourdes. En estos tiempos difíciles ellos son los únicos buenos cristianos. Como Noé, un sacerdote bebe vino, la sangre de nuestro Señor, desde que se despierta. El Canard Sauvage, lectura de mesa de noche en todas las buenas comunidades religiosas así como en las laicas, predijo la extrema longevidad de nuestro reciente Santo Padre gracias a las cantidades considerables de alcohol que ha ingerido. Su venerable sucesor. Su santidad Pio X, a pesar de ser un vegetariano muy sobrio nunca deja de devorar un buen medio litro de Friuli con cada comida y tomar innumerable vasos de vino amargo entre las comidas.”

“Y qué me dice de los baños en la piscina de Lourdes, Padre?”

“Sí, precisamente, en conexión con esa piscina hay otra buena obra para la cual hé de solicitar su limosna. Como usted sabe en Bruselas existe la estatua de un pequeño niño, el Manneken-Pis, representado en el acto de satisfacer una inocente necesidad corporal. Con el propósito de combinar lo útil y lo natural, la municipalidad hizo con eso una fuente regulando el chorro por medio de una válvula. Algunos autores profanos dicen que es la estatua de un niñito que ofendió a nuestro Señor orinando en una santa procesión y que fue condenado –nuevo y cristiano Judío Errante- a continuar con su acto hasta el Juicio Final. El escultor fue quemado inmediatamente como advertencia. Autores sagrados han descubierto que realmente se trata de la milagrosa efigie del Niño Jesús, irrigando con sus bendiciones al mundo, símbolo del bautizo. Una creencia popular bien arraigada dice que durante la vida humana de nuestro Señor la vegetación crecía milagrosamente donde quiera que ejecutaba ciertas funciones naturales.

“Mi trabajo, querido discípulo, consiste en transformar, según un ingenioso sistema de ductos, todas las estatuas de la Virgen y el Niño en Virgen y Manneken-Pis. Si podemos conducir gas a las iglesias, porqué no agua? Una fuente bautismal la recibiría así como la limosna de los fieles. Si el esquema prospera, la modernizada estatuaria de la iglesia de San Sulpicio podría exhibir un arreglo de figuras más realista: Su Madre lo sostendría en el aire en cuclillas bien firme como lo hacen todas las buenas nodrizas.

“Tengo en mi colección de grabados piadosos una vieja xilografía, publicada en Troyes y que muestra el milagro de nuestra Señora de Chartres, en la que el Cristo Infante arroja rayos de luz sobre los peregrinos que se acercan –y nada más porque nuestra buena obra todavía no ha sido fundada. Querido discípulo, el Niño exprimido entre las manos de la Divina Madre, se vería en la imagen, si puedo describirlo de este modo, como un sifón atomizando agua de Seltzer.

“Vaya, vaya, esta es una espléndida idea y muy prometedora para nuestra religión Cristiana. Tenemos ya en el mercado a través de nuestros negocios algunas figuras del Niño Jesús montadas en pisacorbatas que garantizan poder arrojar un chorro de agua a través de una calle.”

“Interrumpimos al buen Padre colocando nuestra “modesta limosna” en sus manos y no nos quedamos para escuchar los detalles intrigantes de otra de sus magníficas invenciones canónicas: la Virgen Supositorio.
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[1] El Pato Salvaje, publicación satírica, anarquista y anticlerical llamada así a partir de una pieza de Ibsen. En 1903 Jarry escribió una serie de notas y reseñas para esta. [Nota del primer traductor].