17 de marzo de 2011

La Salomé de Laforgue

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Traducción de José de la Colina
Revista Vuelta 133/134, diciembre 1987 - enero 1988

Salomé, Pierre Bonnaud, 1865
Para el arte y la poesía del fin de siglo europeo, Salomé fue un privilegiado mito femenino. Niña y mujer fatal, en ella encarnan fantasmas culturales y eróticos de la época. De Salomé podría decirse lo que ha escrito Octavio paz acerca de Fuensanta y a propósito de López Velarde y Romero de Torres [1]: es "un nombre de época", "una palabra en el río de imágenes; sentimientos e ideas" de una cultura; "la imaginación poética la recogió de la tradición y la transformó en un símbolo"; en el fin-de-siècle -como Fuensanta en el comienzo de siglo hispanoamericano– se volvió "una estrella de la constelación erótica", uno de "los astros funestos del erotismo poético", “un tatuaje verbal que dibuja el jeroglífico femenino de una generación" (o más de una).
El 20 de agosto de 1987 se cumplieron cien años de la muerte, a los veintisiete, de Jules Laforgue. Por mucho tiempo la crítica francesa solía clasificarlo como un poeta menor, un dandi lunar que flotaba entre parnasianos y simbolistas, a la zaga de Tristan Corbière y de Verlaine, y casi borrado por el cegador mito Rimbaud. Dos poetas de lengua inglesa, Eliot y Pound, lo redescubrieron como un precursor de la modernidad poética. Por otro lado, y antes que ellos, los poetas de habla española, particularmente hispanoamericanos, habían tenido y reconocido la influencia de Laforgue: Lugones, Juan Ramón Jiménez, Tablada, López Velarde. Hay en español traducciones de poemas -no sabemos si de las obras enteras- del autor de las Complaintes y L'Imitation de Nôtre Dame La Lune. Acaso esta es la primera vez que se traduce una pieza del libro en prosa de las Moralités Légendaires, publicado a los dos meses de la muerte de Laforgue. Cuando Laforgue se ocupa de Salomé, el mito ya se prodigaba en las letras y las artes de la segunda mitad del siglo. Estaba en cuadros de Regnault y Moreau, en sonetos de Théodore de Banville, en uno de los Tres cuentos de Flaubert ("Herodías"), en la ópera que a partir de ese cuento compuso Massenet. Aun tendría, hasta los comienzos de nuestro siglo, otras resurrecciones: el drama de Oscar Wilde, un poema de Apollinaire, las películas del cine mudo, etcétera.
En la edición Folio-Gallimard, 1977, de las Moralités légendaires anota Pascal Pia: "El tema de Salomé habría gozado de gran favor en la generación literaria a la que pertenecía Laforgue. Se atribuye su boga a la admiración que habría provocado la Salomé de Gustave Moreau: Esta no es, sin duda, una explicación falsa, pero puede ser parcial. Cuando Laforgue, en la primavera de 1885, anuncia a su amigo Charles Henry que acaba de escribir un cuento cuya heroína es Salomé, se refiere a un Gustave, sí, pero no es Moreau: 'Conoces la Herodías de Flaubert. Acabo de terminar una Salomé mía', le dice a Henry".
Es posible que entre las fuentes de la Salomé laforguiana estén los fragmentos de la no concluida Herodiade de Mallarmé. En uno de ellos hablan Herodías y su nodriza, en otro canta la cabeza cortada de Juan el Bautista. Laforgue, que se declaraba "mallarmeano", pudo haber conocido esas páginas, o el proyecto del maestro. Sin embargo el estímulo primordial parece ser el cuento de Flaubert, cuyo argumento Laforgue parafrasea y parodia, trastocando a Herodes Antipas en Esmeralda Arquetipas, al bautista en intelectual revolucionario y a Judea en las Islas Blancas Esotéricas, por supuesto inexistentes salvo en una pura geografía laforguiana. Los motivos de Salomé para pedir la cabeza de Juan el Bautista han variado de acuerdo a los autores. Elisabeth Frenzel, tras esbozar las evoluciones y variantes del argumento saloméico[2], nos dice que en un texto del siglo XII alemán, el Ysengrimus de Nivardo, ya el motivo de la princesa es su despecho porque Juan rechaza su amor. Wilde repetirá esa variante en su drama poético. Por su parte, Laforgue no ve a Salomé ni como mero instrumento de Herodías y Herodes Antipas, ni como mujer enamorada. En su irónico cuento la muchacha es una intelectual y una esteta, y quiere arrancar sus secretos al Cosmos, a la muerte, al Inconsciente (Laforgue leyó las teorías del Inconsciente de Hartmann). La danza, ese número fuerte de todas las obras con el tema de Salomé, es sustituida aquí por el monólogo filosofante y extático que la niña sabia profiere entre números de circo y music-hall. Pero no nos queda claro por qué esa intelectual con faldas quiere la cabeza de Juan: acaso es porque las imprecaciones de éste le estorban en sus estudios cósmicos y metafísicos; o porque en la mirada de un muerto quiere descifrar un último misterio. El cruel final, con el arco que traza la cabeza de Juan al ser lanzada al mar, recuerda la cabeza-astro del cuadro de Moreau y del "Cántico de Juan" de Mallarmé; y recuerda también un soneto de Lope de Vega (que es difícil que Laforgue haya conocido) en el que Judit "resplandece armada" -con la cabeza de Holofernes en una mano, como si sostuviera una lámpara.
Unas pocas palabras más sobre esta traducción, que me fue gustosa y a la vez muy difícil. En muchas ocasiones me enredé en los laberintos y esguinces de la nada convencional sintaxis laforguiana, o tropecé con palabras muy fechadas en su época, e inhallables en los diccionarios. Pese a esto, espero no haber hecho demasiada injusticia a este bello, complicado y a trechos destartalado artefacto verbal.

J. DE LA C.

1 Octavio Paz, "Fuensanta: Imán y escapulario", Vuelta, 125, abril de 1987.
2 Elisabeth Franzel, Diccionario de argumentos de la literatura universal, Gredos, España, 1976.
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Salomé

 
Salomé, Gustave Moreau
Nacer es salir; morir es volver a entrar. (Proverbios del reino de Annam recogidos por el padre Jourdain, de las Misiones Extranjeras)

I

Aquel día se cumplían dos mil canículas de que una mera revolución rítmica de los mandarines había puesto al primer Tetrarca, ínfimo procónsul romano, en el trono, por lo demás hereditario bajo selección vigilada, de las Islas Blancas Esotéricas, ya perdidas para la historia, conservando sin embargo el título único de Tetrarca, que sonaba tan inviolablemente como Monarca, además de los siete simbolismos de estado ligados a la desinencia tetra, contra la de monos.
En tres manzanas de columnas rechonchas y desnudas, con patios interiores, galerias, cavas y el famoso jardín colgante con sus selvas verdeando a las brisas atlánticas, y el observatorio con el ojo de vigia a doscientos metros de altura en el cielo, y cien rampas de esfinges y de cinocéfalos, el palacio tetrárquico era un solo monolito desbastado, cavado, vaciado, condicionado y finalmente pulido en un monte de basalto negro jaspeado de blanco que aún proyectaba una escollera de acera sonora, con doble hilera de macizos de álamos de gran luto, muy avanzada en la soledad móvil del mar hasta aquel eterno peñasco parecido a una esponja osificada que iluminaba con un lindo faro de ópera cómica los juncos sonámbulos.
¡Titánica masa fúnebre veteada de palidez! ¡Cómo estas fachadas de un negro de marfil reverberan místicamente el sol de julio de hoy, ese sol sobre el mar que, reverberando así, las lechuzas del jardín colgante pueden contemplar sin estorbo desde lo alto de sus polvorientos abetos!
Al pie de la mole, la galera que la víspera había traído a dos intrusos príncipes, sedicentes hijo y sobrino de cierto Sátrapa del Norte, se balanceaba sobre sus amarras, comentada por unas cuantas siluetas ociosas, pero de gestos puros, a la manera indígena. Ahora bien, bajo el pleno mediodía tan estancado aún, y como la fiesta no estallaría oficialmente antes de las tres, el palacio echaba una pesada siesta, tardaba en desperezarse.
Se oía a la gente de los Príncipes del Norte y a la del Tetrarca reír a carcajadas en el patio al que convergian los canalones, reír sin comprenderse, jugando al tejo, intercambiando tabacos. A estos colegas extranjeros se les mostraba cómo exigen ser almohazados los elefantes blancos...
           –Pero en nuestra tierra no hay elefantes blancos -dejaban oír los otros.
Y veían que aquellos palafreneros se persignaban como conjurando palabras impías. Y entonces bostezaban hacia los pavorreales que paseaban en circulo, la cola irradiada al sol, por encima del surtidor; y luego se burlaban, ¡abusaban incluso!, de los ecos guturales que devolvían, en la caótica disposición de aquellos pisos roqueños, sus bárbaros llamados.
El Tetrarca Esmeralda-Arquetipas apareció en la terraza central, desguantándose al sol Aeda universal en el Cenit, lampíreo del Imperio, etc.; y aquella gente entró prestamente a vacar en sus ocupaciones.
¡Oh el Tetrarca en la terraza, cariátide de dinastías! A sus espaldas, la ciudad, ya en rumor de fiesta, oreando sus copiosas libaciones; y más lejos, tras las murallas irrisorias y esmaltadas de florecillas amarillas, ¡cómo se ostentaba alegre la llanura: lindas carreteras con bloquecillos de silex triturados, tableros de varios cultivos! Y frente a él, el mar, el mar, siempre nuevo y respetable -el Mar, pues no hay otra manera de nombrarlo.
Y ahora la única puntuación del silencio eran los alegres ladridos claros, allá abajo, que rapazuelos desnudos en las micas de las arenas tostadas, lanzaban, con exóticos chiflidos, contra la voluntad ondeante del mar, el mar en cuya superficie aquellos niños hacian rebotar sus flechas saltarinas.
Así pues, acodado al fresco de arroyuelos invisibles, entre las clemátides de la terraza, lanzaba el Tetrarca mohinamente, en meandros descosidos, tristes y sin arte, el humo de su pipa de mediodía. Por un instante, anoche, a causa de aquella turbia llegada del mensajero que anunciaba a los Príncipes del Norte, su suerte, demasiado colmada en estas islas demasiado colmadas, se había bamboleado entre los terrores inmediatamente domésticos y el absoluto diletantismo que sabrá gozar de su última carta en la debacle.
Así pues, a aquellos bárbaros del Norte, carnívoros, de rostros no depilados, pertenecía aquel malhadado Yokanaan, caído aquí una buena mañana; con sus antiparras y su rojiza barba inculta, para comentar en la lengua misma del país los folletos que distribuía gratuitamente, pero pregonándolos de tan perturbadora manera que el pueblo por poco lo habría lapidado; y ahora Yokanaan meditaba en lo profundo de la única mazmorra del palacio tetrárquico.
¿El vigésimo centenario de los Esmeralda-Arquetipas habría de tener como ramillete de fuegos artificiales una guerra del otro mundo, después de tantos siglos de esoterismo sin historia? Yokanaan había hablado de su patria como de un país canijo de indigencia, hambriento de bienes ajenos, cultivador de la guerra como una industria nacional. Y acaso los dos príncipes venían a reclamar al individuo, un señor de genio después de todo, y súbdito de ellos, y a complicar ese pretexto exhibiendo un derecho de gentes occidental...
¡Qué suerte, al menos, y esto gracias a las inexplicables intercesiones de su hija Salomé, no haber sacado al verdugo de su sinecura honoraria enviándolo a Yokanaan con el kriss sagrado!
¡Pero qué ruin precaución! Los dos príncipes sólo hacían un viaje de circunnavegación, en busca de colonias vagamente ocupadas, y si abordaban las Islas Blancas era de paso y por curiosidad. ¿Y cómo ocurría que a este rincón del mundo su famoso Yokanaan había venido a que lo colgaran? Esto les había hecho parlotear detalladamente sobre las tribulaciones del pobre diablo, ya tan poco profeta en su propia tierra.
Así el Tetrarca mamaba de su pipa de mediodía con aire desocupado, con un humor tan ruinoso como todos los días en aquella hora culminante, un humor agravado en medio de aquellos ruidos ascendentes de fiesta nacional, de petardos y orfeones, de empavesados y limonadas...
Mañana temprano, en el horizonte infinito, en el que sin embargo convivían bajo el mismo sol muchos otros pueblos, se desvanecería, al parecer, la galera de aquellos señores.
Desmigajando ahora, inclinado sobre las dulzonas clemátides de la balaustrada de cerámica, flores de bizcocho a los peces de los viveros inferiores, Esmeralda-Arquetipas se repetía que ya no contaría con las pequeñas rentas de sus facultades en retirada, pues su venerable osamenta desanimaba enérgicamente a todos los galvanizadores del arte, de la meditación, de las almas gemelas y de la Industria.
¡Y decir, sin embargo, que el día de su nacimiento se abatió sobre el negro palacio dinástico una notable tormenta en la cual muchas personas dignas de fe vieron que un relámpago caligrafiaba alfa y omega! ¡Cuántos mediodías gastados en suspirar sobre aquella alcancía mística! Y nada de particular se había manifestado. Además, eso de alfa y omega es muy elástico.
En fin, pronto haría dos meses de que, renunciando a los cabildos jóvenes, y deslomándose para recobrar un poco de aquella entusiasta resignación a la nada que había ascetizado su vigésimo año, se imponia seriamente el régimen de las peregrinaciones cotidianas por la necrópolis, por lo demás tan fresca en verano, de los abuelos.- Se acercaba el invierno; las ceremoniosas del culto de la Nieve, la investidura de su hijo menor. ¡Y luego estaba Salomé, que no quería oír hablar de las dulzuras del himeneo, la querida niña!
Esmeralda-Arquetipas tocaba ya un timbre, para pedir más bizcocho destinado a los peces de lujo de julio, cuando sonó sobre las baldosas, a sus espaldas, el bastón de bronce del Ordenador de las Mil Naderías. Los Príncipes del Norte volvían de visitar la ciudad: esperaban al Tetrarca en la sala de los Mandarines del Palacio.

II

Los mencionados Príncipes del Norte, cinchados, maquillados, enguantados, engalanados, con la barba desplegada, con la raya del pelo en el occipucio (mechones recogidos en las sienes para dar tono a los perfiles de las medallas), esperaban, una mano apoyando el casco en el muslo derecho, mientras la otra atormentaba, en un contoneo de semental que olfatea pese a todo y en todas partes la pólvora, la empuñadura de la espada. Alternaban con los grandes: el Gran Mandarín, el Gran Señor de las Bibliotecas, el Arbitro de las Elegancias, el Conservador de los Símbolos, el Profesor de los Gineceos y las Selecciones, el Pope de las Nieves y el Administrador de la Muerte, entre dos hileras de escribas delgados y rápidos, con el cálamo en el costado y el tintero sobre el corazón. Sus altezas congratularon al Tetrarca, felicitándose ellos mismos del buen viento que... en semejante gloríoso día... en estas islas... -y terminaron elogiando la capital, cuya Basílica Blanca, donde oyeran un Toedium Laudamus en el organillo de los Siete Dolores, y el Cementerio de Animales y Cosas, no eran pequeñas curiosidades.
Se sirvió un refrigerio. Y como los príncipes juraban no sentir escrúpulos en tocar la carne entre anfitriones tan ortodoxos en vegetarianismo e ictiofagia, la mesa estaba que ni pintada en su ligero arreglo, entre los cristales, con aquellas alcachofas calipigias nadando en vainas de hierro erizadas y con charnelas, espárragos sobre trenzados de juncos rosados, anguilas gris perla, pastelillos de dátil, gamas de compotas, diversos vinos tintos.
 Entonces, precedido del Ordenador de las Mil Naderías, el Tetrarca y sus allegados se esmeraron en hacer a sus huéspedes los honores del palacio, del titánico palacio fúnebre veteado de palidez.
Irían primero a ver el panorama de las islas desde el observatorio, para luego descender piso a piso por el parque, el bestiario y el acuario, hasta las cavas.
Alzado allá arriba, y neumáticamente, lo aseguro, el cortejo atravesó prestamente de puntillas las habitaciones de Salomé, entre más de un chasquido de puertas por las cuales se desvanecieron dos, tres espaldas de negras de omoplatos de bronce aceitado. Incluso, en el mismo centro de una habitación revestida de mayólica (¡oh, tan amarilla¡) se hallaba abandonada una enorme cubeta de marfil, una considerable esponja blanca, rasos empapados, un par de alpargatas (¡oh, tan rosadas!). Luego una sala de libros, luego otra atiborrada de materiales metaloterápicos, una escalera de caracol, y se pudo respirar el aire superior de la azotea ¡ah, justo a tiempo para ver desaparecer una muchacha, melodiosamente enmuselinada de aracniana tela blanca-y-dorada con lunares negros, que se dejó deslizar, por un juego de poleas en el vacío, a otros pisos!...
Los principes, confundiéndose ya en zalemas galantes a propósito de su intrusión, callaron en seco ante aquel círculo de ojos asombrados que parecían confesar: "Bueno, bueno, saben ustedes; ninguna de estas cosas de aquí nos concierne."
Y seguian circulando al aire libre, con menudas frases de sofocada admiración, en torno a la cúpula del observatorio que albergaba un gran ecuatorial de dieciocho metros, de cúpula móvil, pintada al fresco impermeable, y cuya masa de cien mil kilos flotante sobre catorce sostenes de acero en su cuba de cloruro de magnesio, giraba en dos minutos, parece, bajo el mero impulso de la mano de Salomé.
Y, a propósito, ¡si les diera el capricho a estos impagables exóticos de lanzarnos por la borda! -pensaron en un mismo escalofrío los dos príncipes. Pero eran más robustos, diez veces más ellos solos en su uniforme ceñido, que aquella docena de personajes pálidos, depilados, de enjoyados dedos, sacerdotalmente embrollados en sus coruscantes brocados de oro. Y se alegraron de reconocer allá abajo su galera, parecida a un coleóptero con coselete de chapa bruñida.
Y les enumeraban las islas, archipiélago de claustros de la naturaleza, cada uno con su casta, etc.
Descendieron por una sala de los Perfumes donde el Árbitro de las Elegancias señaló los presentes que sus altezas se dignarían llevarse, y éstos como contrabandos ocultos de Salomé: afeites sin carbonato de plomo, polvos sin albayalde ni bismuto, regeneradores sin cantárida, aguas lustrales sin protocloruro de mercurio, depilatorios sin sulfuro de arsénico, leches sin sublimado corrosivo ni óxido de plomo hidratado, tintes realmente vegetales sin nitrato de plata, hiposulfito de sosa, sulfato de cobre, sulfuro de sodio, cianuro de potasio, acetato de plomo (¡es posible!) y dos damajuanas de esencias-bouquets de primavera y otoño.
Al fondo de un corredor húmedo, interminable, que casi olía a emboscada, el Ordenador abrió una gran puerta verduzca de musgos y fungosidades dignas de joyeros, y todos se sorprendieron en el gran silencio de este famoso parque colgante -¡ah,justamente a tiempo de ver desaparecer en el recodo de un sendero el frufrú de una joven forma herméticamente enmuselinada de aracniana tela blanca-y-dorada con lunares negros, escoltada de molosos y lebreles cuyos ladridos saltarines y sollozantes de fidelidad fueron perdiéndose en ecos lejanos.
¡Oh!, toda en ecos de corredores desconocidos, esta soledad kilométricamente profunda, de un verde severo, rociada de manchas de luz, amueblada únicamente por el ejército de rígidos pinos, de troncos desnudos con tono de carne asalmonada, que sólo muy alto, muy alto, desplegaban sus polvorientos parasoles horizontales. Las barras de los rayos de sol se posaban entre aquellos troncos con la misma suavidad tranquila que entre los pilares de capilla claustral de tragaluces enrejados. Una brisa de mar pasaba entre estos fustes supremos; extraño rumor lejano -de un expreso en la noche. Luego el silencio de las grandes altitudes se restablecía, pues estaba en casa. Muy cerca, ¡oh!, en alguna parte, un bulbul lanzaba trinos distinguidos; muy lejos, otro respondía, como si estuvieran en casa, allí, en su pajarera secularmente dinástica. Y se avanzaba suponiendo el espesor de aquel suelo artificial, afelpado de hojas muertas y capas de agujas de pino de mil antaños, que tan cómodamente albergaba las raíces de aquellos árboles tan patriarcas. -Luego, prados en abismo, pendientes bien encespedadas que provocaban un sueño de kermesses faunescas; y estancados ojos de agua donde se hundían de tedio y años cisnes portadores de zarcillos realmente demasiado pesados para sus cuellos esbeltos; y muchos decamerones de estatuas policromas, en ruptura de pedestales, en poses de una sorprendente... nobleza.
En fin, el cercado de las gacelas hacía transición, sin pretender otra cosa, por cierto, entre los verjeles y la Casa de Fieras y el Acuario.
Las fieras no se dignaron despegar los párpados; los elefantes se bamboleaban con rudas crepitaciones de argamasa, pero con las ideas fuera; las jirafas, pese a la suavidad café con leche de sus vestidos, parecieron exageradas, obstinándose en mirar más alto que aquel cortejo brillante; los monos no interrumpieron un momento sus escenas domésticas de falansterio; las pajareras centellaban ensordecedoras; las serpientes no acababan, desde hacía una semana, de cambiar de piel; y las caballerizas se hallaban precisamente desamuebladas de sus piezas más bellas: sementales, yeguas y cebras, prestadas a la municipalidad para la cabalgata de ese día.
¡El Acuario! ¡Ah, el Acuario, por ejemplo! ¡Detengámonos aquí! ¡Cómo gira en silencio!
Laberinto de grutas en corredores a derecha e izquierda, con sus compartimentos en lontananzas luminosas y encristaladas patrias submarinas.
Arenales de dólmens incrustados de viscosas joyerías, circos de gradas basálticas en las cuales cangrejos de un obtuso y tanteante buen humor de sobremesa se traban en parejas, con ojitos burlones de mátalas callando...
Llanuras, llanuras de arena fina, tan fina que la levanta a veces el viento de los coletazos de un pez plano que llega de lejanías en un flotar de oriflama de libertad, observa quién pasa y quién nos deja y quién se va; con sus grandes ojos, aquí y allá a ras de arena, y es el único periódico del lugar.
Y la desolación de las estepas ocupadas por un sólo árbol fulminado y osificado que colonizan vibrantes racimos de hipocampos...
Y, cruzados por puentes naturales, desfiladeros musgosos donde rumian echados los carapachos pizarreños de los límulos de cola de rata, algunos volcados y debatiéndose, pero sin duda también vapuleándose...
Y bajo caóticos, ruinosos, arcos de triunfo, anguilas de mar huyendo en festones frívolos; y migraciones al azar de nucleobranquios hirsutos, cejas en copete alrededor de una matriz que se abanica así durante los largos y tediosos viajes... Y campos de esponjas, de esponjas en despojos pulmonares; y cultivos de trufas en terciopelo anaranjado; y todo un cementerio de moluscos nacarados; y esas plantaciones de espárragos encurtidos y tumefactos en el alcohol del Silencio...
Y, hasta perderse de vista, praderas, praderas esmaltadas de blancas actinias, de gordas cebollas maduras, de bulbos de mucosa violeta, de extraviados trozos de tripa que, lo aseguro, se rehacen una existencia, de muñones cuyas antenas hacen guiñas al coral de enfrente, de mil verrugas sin finalidad; toda una flora fetal y claustral y vibrátil, agitando el eterno sueño de llegar un día a cuchichearse mutuas felicitaciones sobre tal estado de cosas...
Y, ¡oh!, todavía aquella alta meseta donde estaba, pegada con sus ventosas, la Atalaya de un pulpo, minotauro gordo y lampiño de toda una región!
Antes de salir, el Pope de las Nieves se vuelve hacia el cortejo y habla como recitando una vieja lección:
"Ni día ni noche, Señores, ni invierno, ni primavera, ni verano, ni otoño, ni otras bagatelas. Amar, soñar, sin cambiar de sitio, a costa de imperturbables cegueras. Oh mundo de satisfechos, tú estás en la beatitud ciega y silenciosa, y nosotros, nosotros nos secamos de hambres supraterrestres. Y por qué las antenas de nuestros sentidos, los nuestros, no están limitadas por lo Ciego y lo Opaco y el Silencio y olfatean más allá de lo que es de casa? ¿Y por qué tampoco sabemos incrustarnos en nuestro rinconcito para allí fermentar el ebrio perdido de nuestro pequeño Yo?
"Pero, ¡oh vacaciones submarinas, sabemos por nuestras hambres supraterrestres dos regalos de vuestro remojo: el rostro de la demasiado amada que sobre la almohada se ha cerrado, crenchas lisas aglutinadas en los sudores últimos, boca herida mostrando su pálida dentadura en un rayo de acuario de la luna (¡oh, no la cojáis, no la cojáis!) -y la luna misma, ese girasol amarillo, aplanado, seco a fuerza de agnosticismo (¡oh, intentad, intentad, cogerla!)
Eso era, pues, el Acuario, pero ¿esos príncipes extranjeros habían comprendido?
Y presta y directamente tomaron el corredor central de los Gineceos, pintado de escenas calipédicas, de una melancolía podrida de aromas femeninos; no se oía sino el manar del surtidor -¿a la izquierda, a la derecha?- empapando con su frescura el hilillo de una cantinela inolvidablemente esclava, desdichada y estéril.
Expuestos, por su ignorancia de los ritos del terruño, a cometer alguna funesta torpeza, los príncipes atravesaron con el mismo paso discreto la necrópolis tetrárquica, hileras de alacenas disfrazadas de retratos de cuerpo entero, que guardaban frascos y mil reliquias realistas, conmovedoras sólo para la familia, como es de comprenderse.
¡Pero lo que realmente deseaban era ver a su viejo amigo Yokanaan!
Siguieron, pues, a un funcionario de llave bordada transversalmente al espinazo, quien, deteniéndose al final de un estrecho pasillo que olia a nitro, señaló una reja que hizo descender, mediante un practicable, a la altura de un repecho; y fue posible acercarse y distinguir en una celda a aquel desdichado europeo que se levantaba, dejando su postura de vientre en tierra y nariz metida en un barullo de miserables papeles.
Al oirse desear cordiales buenos días en su lengua materna, Yokanaan se había puesto de pie, reajustándose las gruesas gafas atadas con hilo.
¡Oh, Dios mio, príncipes aquí! -¡Cuántas sucias noches de invierno, con los zuecos bebiendo fangosa nieve, en la primera fila de pobres diablos que volvían de su jornada asalariada y se demoraban allí un instante, contenidos por tiránicos policías, los habia visto descender, empenachados, de pesadas carrozas de gala y subir, entre dos filas de alzados sables, la gran escalera de aquel palacio, aquel palacio de ventanas a giorno, a las cuales él, al irse, mostraba el puño, murmurando cada vez que los tiempos se acercaban! -¡Y ahora habían llegado los tiempos, se había cumplido en el pais la revolución prometida y convertido en dios su pobre viejo profeta Yokanaan, y esta gestión personal del rey, esta heroica expedición lejana de sus príncipes que venían a liberarlo, era sin duda la conmovedora consagración exigida por los pueblos para sellar en él la llegada de la Pascua Universal!
Automáticamente, primero, saludó doblando la espina dorsal, a la moda de su país, buscando alguna frase memorable, histórica, sin duda fraternal, pero también digna...
La palabra le fue illico arrebatada por el sobrino del Sátrapa del Norte, una especie de soldadote de apoplética calvicie, que tartajeaba a todo el mundo y a propósito de botas que él, como Napoleón Primero, execraba de los "ideólogos":
-¡Ajá, héte aquí, ideólogo, escritorzuelo, conscripto dado de baja, bastardo de Juan Jacobo Rousseau! ¡Aquí has venido a hacerte colgar, periodistucho desclasado! ¡Buen desenlace! ¡Y que tu peluca mal lavada pronto se reúna con las de tus colegas de la Umbría!, si, la conjura de la Umbría, cabezas frescas de ayer.
¡Oh, brutos, brutos indesarraigables! ¡Así que el complot de la Umbría había fracasado! ¡Asesinados sus hermanos! y nadie le daría detalles humanos del asunto. Todo terminado, todo terminado; sólo le quedaba reventar como sus hermanos bajo el Talón Constituido. El desdichado publicista se atiesó resueltamente en el silencio, esperando que una vez idos tan ilustres señores él pudiera dejarse morir en su rincón; largas lágrimas blancas le fluían bajo las gafas y por las hundidas mejillas hasta su pobre barba. -Y de pronto se le vio alzarse sobre sus pies descalzos, tendiendo las manos a una aparición a la que hipó los dos más suaves diminutivos de su lengua materna. Se dieron vuelta -¡ah!, justo a tiempo de ver desaparecer, en un tintineo de llaves, bajo la luz blanquecina de aquel in pace, una joven forma decididamente enmuselinada de aracniana tela blanca-y-dorada con lunares negros... y Yokanaan volvió a caer bocabajo en su camastro; y, advirtiendo que acababa de volcar el tintero entre sus papeluchos, se puso a secar la tinta con una ternura infantil. El cortejo volvió arriba, sin comentarios; el sobrino del Sátrapa del Norte iba atormentando el collar de su gola, mascullando principios.

III

Sobre un modo alegre y fatalista, una orquesta de instrumentos de marfil improvisaba una pequeña obertura unánime.
La corte entró, saludada por el rico bullicio de doscientos comensales que se levantaron de sus bellísimos lechos. Se detuvo un instante frente a una pirámide de varios pisos con regalos ofecidos al Tetrarca en ese día. Los dos Principes del Norte se daban codazos, se conminaban a desprenderse del cuello el collar del Toisón de Hierro, para pasarlo al cuello del anfitrión. Ninguno se atrevió a hacerlo. Saltaba a la vista la nulidad artística del collar, sobre todo aquí, y en cuanto a su valor honorífico, les pareció que las explicaciones, necesarias para hacerlo resaltar corrían el riesgo de quedar sin eco, o de apenas lograr un débil éxito de estima.
Se instalaron; Esmeralda-Arquetipas presentó a su hijo y su nieto, dos soberbios productos (soberbios en el sentido esotérico y blanco, naturalmente) emblemáticamente engalanados.
Y entonces, en aquella aireada sala alfombrada de juncos amarillos y blancos, circundada por una ensordecedora pajarería, con un surtidor central estallando allá arriba para perforar un abigarrado velario de caucho blanco sobre el cual se oía caer el agua en hermosa lluvia frígida y restallante, a lo largo de mesas semicirculares, hubo diez hileras de lechos adornados según la ciencia de cada comensal y enfrente un escenario de Alcázar, maravillosamente profundo, en el cual habría de deshojarse la flor de los bufones, los titiriteros, las bellas y los virtuosos de las Islas. Una brisa maliciosilla corría a lo largo del velario bien cargado, pues contenía la catarata incesante del surtidor.
¡Pobre Tetrarca!, aquellas músicas, aquel patio de respetos lujosos, aquel pomposo dia, en el fondo lo irritaban. Sólo con la punta de los dientes tocaba la ingeniosa sucesión de alimentos que pellizcaba con sus espátulas de nieve endurecida, distraído, abriendo la boca como un niño ante el loco friso de circo que daba vueltas en el escenario del Alcázar.
Esto ocurría en el escenario del Alcázar:
La muchacha serpiente, delgada, viscosamente escamada de azul, de verde, de amarillo, de rosa tierno el busto y el vientre, fluía y se contoneaba, insaciable de contactos personales, mientras ceceaba el himno que comienza así: "Biblis, hermana Biblis, te has convertido en manantial, tú..."
Luego una procesión de vestidos sacramentalmente inéditos, símbolo cada uno de un deseo humano. ¡Qué refinamiento! Luego intermedios de horizontales ciclones de flores electrizadas, una tromba horizontal de ramilletes frenéticos!...
Luego, clowns músicos que llevaban sobre el corazón la manivela de auténticos organillos a la que daban vuelta con empaque de Mesías imperturbables, que irían hasta las últimas consecuencias de su apostolado. Y tres clowns más actuaron la Idea, la Voluntad, el Inconsciente. La Idea parloteaba sobre todo, la Voluntad daba cabezazos contra las paredes y el Inconsciente hacía amplios gestos misteriosos, como alguien que en el fondo sabe más de lo que puede decir. Esta trinidad entonaba un solo refrán:

¡Oh Canaán,
la Nada y nomás!
¡La Nada: la Meca
de las bibliotecas!

Obtuvieron un éxito de risa loca.
        ¡Luego, virtuosos del trapecio volador; en elipses casi siderales!...
        Luego, trajeron una pista de hielo natural; y brotó un adolescente patinador, cruzados los brazos sobre los alamares de astracán blanco del pecho, que no se detuvo sino después de haber trazado todas las combinaciones de curvas conocidas; luego valsó de puntillas como una bailarina; luego dibujó en aguafuerte sobre el hielo una catedral gótica flamígera, sin omitiros el rosetón, ¡pura encajería!, y luego figuró una fuga musical en tres partes, terminó con un inextricable torbellino de faquir poseído del diavolo y salió de escena los pies en alto, ¡patinando sobre las uñas de acero de las manos!
Y todo se cerró con una teoría de cuadros vivos, con desnudeces púdicas como vegetales, con símbolos gradualmente eurítmicos y a través de los calvarios de la Estética.
Habían acarreado los calumets; la conversación se generalizaba; Yokanaan, seguramente disgustado de oír aquella fiesta sobre su cabeza, era el úníco que la sufría. Los Príncípes del Norte hablaban de la autoridad, del ejército; de la religión suprema, centinela del reposo, del pan y de la competencia internacional, y como se embrollaban, para cortar en seco, citaban este dístico a manera de epifonema:

Y el hombre, si es honrado, bien profese
el perfeccionamiento de la especie.

Los mandarines pensaban que era necesario atrofiar, neutralizar las fuentes de la competencia social, encerrarse en cenáculos de iniciados que convivieran en paz entre murallas de China, etc., etc.
Y la música parecía continuar todo aquello que resultara demasiado efímero para formularlo.
Y finalmente sucedió que un silencio se extendió como un esparavel de mallas pálidas lanzado en tardes de gran pesca; algunos se levantaban: parecia ser Salomé.
Entró, bajando la escalera de caracol, erecta en su malla de muselina; con una mano les indicó que se sentaran; una pequeña lira negra colgaba de su muñeca; sobre la punta de los dedos lanzó un beso a su padre.
Fue a posarse frente a él, en aquel estrado ante el telón bajado del Alcázar, esperando que la hubieran contemplado a sabor, divirtiéndose en fingir que vacilaba sobre sus pies exangües, de dedos separados.
En nadie ponía atención. -Polvoreados de pólens desconocidos, sus cabellos se esparcían en mechones lisos sobre los hombros, desgreñados en la frente con flores amarillas y pajillas onduladas; sus hombros desnudos retenían, enderezada por cabestrillos de nácar, una cola de pavorreal enano, de fondo cambiante: muaré, azul, oro, esmeralda, un halo contra el cual se alzaba su cándida cabeza, cabeza superior pero cordialmente despreocupada de sentirse única, el cuello doblegado, los ojos extraviados en coruscantes expiaciones, los labios descubriendo desde su acento circunflejo rosa pálido una dentadura de encías de rosa más pálido aún, en una sonrisa de las más crucificadas.
¡Oh, la celeste graciosa criatura de estéticas bien comprendidas, la fina reclusa de las Islas Blancas Esotéricas!
Herméticamente enmuselinada en tela aracniana blanca-y-dorada con lunares negros que, prendiéndose aquí y allá de varias fíbulas, dejaba los brazos angélicamente desnudos e insinuaba los senos como almendras en que hubieran clavado unos claveles, bajo el chal bordado de sus dieciocho años y, colgando un poco más alto que el adorable hoyuelo umbilical, desde un cinturón de plisados de un amarillo intenso y celoso, se ensombrecía de inviolable en el abrazo de las delgadas caderas y venía a detenerse en los tobillos para reascender por detrás en dos chales que flotaban separados, atados a los cabestrillos de nácar de la cola de pavorreal enano, de fondo cambiante, azul, muaré, esmeralda, oro, halo en su cándida cabeza altiva. Y Salomé vacilaba sobre sus pies, sus pies exangües, de dedos separados, calzados sólo de un aro en los tobillos, de donde llovían deslumbrantes franjas de muaré amarillo.
¡Oh, la pequeña mesías de matriz! ¡Qué onerosa le resultaba aquella cabeza! No sabia qué hacer de las manos; sentía molestos los hombros. ¿Quién podía haberle crucificado la sonrisa a la pequeña Inmaculada Concepción? ¿Y quién le habría deshecho el azul de las miradas? -¡Oh, exultaban los corazones, qué sencillo aroma el de su falda! ¡Qué largo el arte y qué corta la vida! ¡Ah, conversar con ella en un rincón junto a una fuente; saber no su por qué sino su cómo... ¡Y morir!.. morir... a menos que...
¿Va a contarnos cosas, después de todo? Inclinado hacia delante entre los sedosos almohadones derrumbados, dilatadas las arrugas, jugosas las pupilas tras las almenas de sus párpados desdorados, atormentando nerviosamente el Sello pendiente de su cuello, el Tetrarca acababa de pasar a un paje la piña que mordisqueaba y su tiara de torrecillas.
-¡Recógete, recógete primero, Idea y Curva, Oh Cariátide de las islas sin historia!
Luego, como un padre dichoso, sonreía a todos con aire de decir: "Van ustedes a ver lo que van a ver", haciendo saber a los príncipes, sus huéspedes, según éstos pudieron comprender de su manera deshilvanada, que, para hacer un sortilegio a la personita en cuestión, la Luna había dado hasta la sangre de sus venas y que generalmente se consideraba a la chiquilla (hubo un Concilio sobre el particular) como la hermana de leche de la Vía Láctea (¡todo por ella!).
  Entonces, delicadamente plantada sobre el pie derecho, alzada la cadera, desviada la otra pierna en retardo, al modo niobita, Salomé, habiendo expedido una risita tosijosa, quizá para que supieran que no se tomaba de ningún modo en serio, pellizcó su lira negra hasta sacarle sangre y, con la voz sin timbre ni sexo de un enfermo que exige una poción que en el fondo nunca habría necesitado más que cualquiera de nosotros, improvisó al punto:
"¡Qué estimable, absolvente, coexistente al Infinito, límpida como todo, es la Nada, es decir la Vida latente que verá la luz a más tardar mañana!".
¿Se burlaba de ellos? Continuaba:
"¡Amor!, inclusiva manía de no querer morir absolutamente (¡triste subterfugio!), Oh falso hermano, no te diré que sea el tiempo de explicarse. Desde siempre las cosas son las cosas. ¡Pero qué verdadero sería hacerse mutuas concesiones en el terreno de los cinco sentidos actuales, en nombre del Inconsciente!
"Oh, latitudes, altitudes, benevolentes Nebulosas con pequeñas medusas de agua dulce, concededme la gracia de ir a pastar en los jardines empíricos. ¡Oh, pasajeros de esta Tierra, eminentemente idem a incalculables otras, tan solas en la vida de indefinido trabajo de infinito! Lo Esencial activo se ama (interpretadme bien), se ama dinámicamente, más o menos a su antojo; es un alma bella que se ríe y toca la gaita sin parar, es cosa suya. ¡Vosotros, sed los pasivos naturales; entrad, automáticos como Todo, en los órdenes de la Armonia benevolente! Y ya me contaréis.
"Sí, teósofos hidrocéfalos como suaves volátiles del pueblo, todos vosotros grupos cualesquiera de fenómenos sin garantía del gobierno del más allá, volved a ser criaturas de la incuria, hacedme el favor de pastar al día y de una temporada en otra, en esos Deltas sin esfinge, cuyos ángulos igualan, a pesar de todo, dos rectos. Esto es lo más conveniente, oh generaciones incurablemente púberes; y sobre todo fingid enredaros en los limbos irresponsables de las virtualidades que os he dicho. El inconsciente fará da se.
"Y vosotros, ¡fatales Jordanes, Ganges bautismales, corrientes siderales insumergibles, cosmogonías de Mamam!, lavaros al entrar de la mancha más o menos original de lo Sistemático; que seamos de antemano picadillo masticado por la Gran Virtud Curativa (digamos paliativa) que reacomoda los desgarrones de las praderas, las epidermis, etcétera. -Quia est in ea virtus dormitiva. -Vete..."
Salomé paró en seco, recogiéndose los cabellos polvoreados de pólens desconocidos; sus pizcas de pechos, tan jadeantes que los claveles cayeron (dejando viudas sus almendras). Para rehacerse, extrajo de su negra lira una fuga que no venía a cuento...
-¡Oh, continúa, continúa, dínos todo lo que sabes! -gemía Esmeralda-Arquetipas, aplaudiendo como un niño- ¡Palabra de Tetrarca!, tendrás lo que quieras, ¿la Universidad, mi Sello, el Culto de las Nieves? Inocúlanos tu gracia de Inmaculada Concepción... ¡Me aburro, nos aburrimos tanto!, ¿no es verdad, señores?
El público exhalaba realmente un rumor de inédita inquietud; algunas tiaras titubeaban. Se avergonzaban unos de otros, pero ¡la debilidad del corazón humano!, aun en raza tan correcta... (vecino, ya me comprendes).
Tras una sumaria tala de teogonías, teodiceas y fórmulas de la moral proverbial (y esto con el tono breve de un director de coros que dice: "Una breve pausa, ¿no?"), Salomé reanudó su parloteo místico delirando un poco, el rostro súbitamente boca arriba, la manzana de Adán tan saltarina que daba miedo -más súbitamente ella misma que una tela aracniana con un alma de gota de meteoro transparente.
¡Oh mareas, frondas lunares, avenidas, jardines en el crespúsculo, vientos desclasados de los noviembres, temporada del heno, vocaciones perdidas, miradas de los animales, vicisitudes! -¡Muselinas blanquidoradas con lunares fúnebres, ojos descompuestos, sonrisas crucificadas, ombligos adorables, aureolas de pavorreales, claveles caídos, fugas que no vienen a cuento! Uno sentía que renacía inculto, joven más allá, con el alma sistemática expirando en espirales a través de diluvios y clamores indudablemente definitivos, para bien de la Tierra, y, comprendido en todas partes, palpado por Varuna, el Aire Omniversal, asegurándose de que uno estaba preparado.
Y Salomé insistía locamente:
"¡Es el estado puro, os digo! Oh sectarios de la conciencia, ¿por qué etiquetaros como individuos, es decir indivisibles? ¡Soplad sobre los cuadros de estas ciencias en el Oriente de mis Septentriones!
"¿Acaso es vida obstinarse en estar al corriente de uno mismo y de los demás?, preguntándose en cada etapa: Ah, ¿con que sí?, ¿a quién engañan aquí?
 "¡Fuera los marcos, las especies, los reinos! Nada se pierde, nada se añade, todo es de todos; y todo está domado de antemano -y sin cédula de confesión- al Hijo Pródigo (ya se le hará dar el vuelco necesario, dicho sea a media voz).
"Y no se tratará de expedientes de expiaciones y recaídas; sino de las vendimias del Infinito, pisoteadas; no experimental, sino fatal; porque...
"Sois el otro sexo, y nosotras somos las amiguitas de la infancia (siempre como Psiqués inasequibles, es verdad). Hundámonos pues, y desde esta noche, en la armoniosa mansedumbre de las moralidades prestablecidas; flotemos a la deriva, dejando el vientre floreciente al aire libre; en el perfume de los derroches y las hecatombes necesarias; hacia allá, donde no se oirá más el latido de nuestro corazón ni el pulso de la conciencia.
"Es algo que avanza por estancias, en las salvas de las valvas, en lujurias sin cesuras, en pellizcados sobrepellices, abdicando hacia lo oblícuo de las derivas primitivas; ¡todo se estira fuera del yo!- ¡Imposible decir que yo esté allí!)"
La pequeña voceratriz intoxicada se enjugaba las sienes para simular tranquilidad. Pasó un silencio de inefable confusión.
Los Príncipes del Norte no se atrevían a sacar el reloj, y menos a preguntar: "¿A qué hora la llevan a la cama?" Apenas debían ser más de las seis.
El Tetrarca escrutaba los dibujos de los almohadones; esto se había acabado; la voz dura de Salomé lo hizo erguirse vivamente.
-Y ahora, padre mío, desearía que ordenes que me suban en un plato cualquiera la cabeza de Yokanaan. Dicho está. Subo a esperarla.
-Pero, mi niña, no se te ocurrirá!, ese extranjero...
Pero la sala entera opinó fervientemente, asintiendo con la tiara, que en ese día la voluntad de Salomé debía ser cumplida; y las pajareras reiniciaron el centelleo ensordecedor.
Esmeralda-Arquetipas echaba un reojo hacia los príncipes del Norte; ningún signo de aprobación o desaprobación. Sin duda aquel no era su problema.
-"Concedido! El Tetrarca lanzó su Sello al Administrador de la Muerte.
Ya los comensales se dispersaban, hablando de otra cosa, hacia el baño del anochecer.

IV

Acodada en el pretil del observatorio, Salomé, fugitiva de las fiestas nacionales, escuchaba el mar familiar de las noches hermosas. ¡Una de esas noches completamente estrelladas! ¡Eternidades de cenits de ascuas! ¡Oh, como para extraviarse, por ejemplo, en un expreso de exilio!, etc. Salomé, hermana de leche, casi no salía de sí, salvo para las estrellas. A partir de la fotografía en color (gracias al espectro) de las estrellas llamadas amarillas, rojas, blancas, de decimosexta magnitud, había hecho que le tallaran precisos diamantes que sembraba en su cabello, en toda su belleza y en el vestido de las Noches (muselina violeta, luctuosa, con lunares de oro), para conferenciar en las terrazas, de tú a tú, con aquellos ochenta millones de astros, como haría un soberano que, antes de recibir a sus pares o satélites, pone en orden sus regiones. Salomé tenía en desgracia a los vulgares cabujones de primera, segunda magnitud, etcétera. Hasta la decimoquinta magnitud no consideraba de su mundo a los astros. Por lo demás, sólo las nebulosas-matrices eran su pasión; no las nebulosas formadas, de discos ya planetiformes, sino las amorfas, las perforadas, las de téntáculos. -y el de Orión, aquella masa gaseosa de rayos enfermizos, seguía siendo el florón benjamín de su parpadeante corona.
¡Ah, queridas compañeras de las praderas estelares, ¡Salomé ya no era la pequeña Salomé! ¡y esta noche inauguraría una nueva era de relaciones y de etiqueta!
Para comenzar, ya exorcizada de su virginidad de telas, y ante aquellas nebulosas-matrices, se sentía fecundada como ellas de evoluciones giratorias.
 Luego, aquel fatal sacrificio al culto (¡y aun podía felicitarse por salir de la situación de manera tan discreta!) la había obligado, para hacer desaparecer al iniciador, a un acto (grave, por más que se diga) llamado homicida.
En fin, para ganar este silencio a muerte del Iniciador, había tenido que servir a esas gentes contingentes, aunque aguándolo, el elixir destilado en la angustia de cien noches del temple de ésta.
Vamos, era su vida; era una especialidad, una pequeña especialidad.
Y ahora allí, sobre un almohadón, entre los restos de la lira de ébano, la cabeza de Juan (como antaño la de Orfeo) brillaba, bañada de fósforo, lavada, maquillada, ajada, haciendo rictus a aquellos ochenta millones de astros.
Apenas entregado el objeto, Salomé, por cumplir con la conciencia científica, había intentado aquellos famosos experimentos posteriores a una decapitación de los que tanto se habla; a ellos se atenía, pero los pases eléctricos no obtuvieron del rostro sino muecas sin consecuencia.
Ahora tenía una idea.
¡Pero pensar que no bajaba los ojos ante Orión! Se quedó rígida durante diez minutos mirando fijamente la mística nebulosa de sus pubertades. ¡Cuántas noches, cuántas noches de porvenir, para quien tuviera la última palabra!
Finalmente, Salomé se sacudió como persona razonable, volviendo a cubrirse con la toquilla; luego, tomó de sí misma el ópalo turbio y enarenado de oro pardo de Orión, lo despositó en la boca de Juan, como una hostia, besó aquella boca misericordiosa y herméticamente la selló con su matasellos corrosivo (procedimiento instantáneo).
¡Esperó un minuto!... ¡Nada en la noche daba una señal...! Con un "¡vamos!" travieso e irritado, sus pequeñas manos de mujer empuñaron la genial cabezota...
 Y como quería que la cabeza cayera en plena mar sin romperse en los peñascos de las hiladas, tomó algún impulso. Aquel gesto describió una suficiente parábola fosfórica. iOh noble parábola! ¡Pero la desdichada pequeña astrónoma había terriblemente calculado mal la distancia, y, pasando por encima del pretil, cayó con un grito al fin humano!, y fue rodando de roca en roca hasta una pintoresca cavidad lavada por el oleaje y lejos de la rumorosa fiesta nacional, y allí estertoraba, lacerada y al descubierto, con las carnes penetradas por los diamantes siderales, con el cráneo desfondado, paralizada de vértigo, muy dañada en suma; y agonizó durante una hora.
Y ni siquiera tuvo el viático de ver la fosforescente estrella flotante de la cabeza de Juan sobre el mar...
En cuanto a las lejanías del cielo, estaban lejos...
Éste fue el tránsito de Salomé, al menos la de las Islas Blancas Esotéricas; victima no tanto de los azares iletrados como de haber querido vivir en lo facticio y no, como cualquiera de nosotros, de modo llano.


Jules Laforgue, 1886
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